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viernes, 4 de noviembre de 2016

LA IGLESIA DE MEDEIROS

Por Xose Manuel Fernández Sobrino


Estaba acostumbrado a ir a la Iglesia. En Ourense y, desde muy niño, iba muchas veces; además, había empezado a estudiar en un colegio de monjas que había en la calle, junto a la Plaza de Abastos y tenía una capilla donde, en el mes de mayo, decíamos poesías a la Virgen.
No me gustaba ir al colegio. Y cada vez que olía a alcohol, a licores,   me recordaba a las monjas.El motivo era que, al lado de él,  había una fábrica de licores y cuando entraba en funcionamiento olía toda la calle. Aquel olor llegaba a ser el del colegio.
 Cuando volviera de vacaciones aquel verano, iba a cambiar de colegio. Era más lejos, tendría que  cruzar el Puente Viejo cuatro veces al día para, mañana y tarde, acudir a los   Salesianos. Por religión no iba a quedar. Iglesia de las Caldas, colegio de monjas y ahora uno de curas.  Mi madre estaba muy contenta, pero mi padre no tanto. Iba poco a la iglesia. No sé si os dije que mi padre era el que había nacido en Medeiros. Mi madre pertenecía a una familia de Tiedra, de Valladolid, afincada en el Puente. Tenían una tienda de comestibles  exactamente frente a la Iglesia del Puente y trabajaban allí los dos. Cuando mi tío Jacinto, el hermano mayor de mi padre, volvió de Cuba donde había estado diez años, también se quedó a trabajar con ellos. Era muy cariñoso con mi hermano y conmigo.

El caso es que lo que ocurría en  aquel primer domingo en Medeiros era   novedad, había que ir a misa. Ya había visto la iglesia cuando pasaba a casa de la maestra y a la carpintería de los tíos. No es que no me gustara. Pero aquello de que para entrar al templo hubiera que pasar entre sepulturas, entre los muertos, me infundía demasiado respeto.
La iglesia estaba en un recinto cerrado con un muro y rodeada de sepulturas. Precisamente aquel día estaban dos hombres escarbando una nueva tumba, ya que por la tarde había un entierro, según comentaron los abuelos. Le daba vueltas al tema en mi cabeza. Que te murieras no podía  ser buena cosa aunque te fueras al cielo, pero que te metan en una caja y te entierren…
 Y yo pensaba: si  te da la tierra en la cara… y si con el peso de la tierra que te ponen encima,  se rompe la caja y te ves rodeado de tierra por todas partes…Se lo comenté a Antonio y  aclaró  “como estás morto, non sentes nada”; pero aquello no me tranquilizaba del todo precisamente, porque “¿y si no estoy bien muerto y despierto?. Y él aclaró “pois entón si que morres de certo”.
Foto: Ricardo Colmenero
            Entre unas cosas y otras,  las campanas de la Parroquia de Santa María de Medeiros  anunciaron el tercer toque, señal de que aquello iba a empezar. Traté de alejarme del pensamiento el asunto de los muertos y entramos Antonio y yo con la abuela, porque quiso que fuésemos a su lado, a colocarnos en los primeros bancos. El abuelo se quedó con los demás hombres en el Sagrado, la parte de fuera donde estaban las sepulturas, sentados junto al muro y hablando de sus cosas.
Nosotros nos sentamos debajo del llamado púlpito, que también lo había en la Iglesia del Puente Canedo a donde se subía don Germán para dirigirse a la gente.
Vi aparecer al párroco de Medeiros en el altar y se escucharon tres golpes en las campanas de fuera. Vamos, que empezaba la misa.  Ahora, pensé, será  para que entren los que quedaron fuera.
Cuando don Ángel, que así se llamaba el párroco, leyó el evangelio y subió al  púlpito, me recordó a don Germán, el cura de mi parroquia  porque apenas se enfadaba al hablar y eso me gustaba. Cuando en Ourense venía un cura de fuera  era distinto muchas veces, porque se enfadaba horrores y amenazaba a la gente con el fuego  del infierno, que iban a estar quemándose vivos sin parar para siempre por culpa de los pecados que cometían y desde luego por  morir sin confesarse. Y en el mejor de los casos, había que pasar por el purgatorio, donde también te quemabas, pero temporalmente  para, al fin, poder entrar en el cielo.
La misa de Medeiros era más o menos como la del Puente. Con una ventaja. Que era mucho más corta. Duraba algo así como la mitad de la de don Germán. No se le entendía lo que don Ángel  decía desde el altar, porque se movía y hablaba deprisa, con tono bajo y  casi todo en latín. No era extraño que no entendiéramos “una papa”. Además  se ahorraba mucho tiempo porque así como en Ourense iba la gente a comulgar, allí no comulgaba nadie, cosa que me extrañó. Yo casi podía haberlo hecho, pero tendría que confesarme porque algunas cosas tendría que decirle al cura, pero poca cosa. Sólo pecados veniales. Pero don Ángel, en la misa,  ni preguntó si alguien iba a comulgar. Ya  sabía qué no..
Miraba de un lado a otro. Había algunos santos, algunas imágenes, pero pocas. La gente llenaba la iglesia y estaba muy silenciosa, con gran respeto. La misa había resultado bien.  Ya digo, lo mejor lo corta que era. Fue al salir cuando pude ver que había al fondo un espacio llamado coro, arriba, donde alguna gente había subido y seguido la  misa desde allí. Tenía que comentarlo con Antonio. Otro día, a ver si nos escabullíamos de la abuela y también subíamos. Desde allí arriba sería más bonito.
Lo malo fue después. Vi  al sacristán que había ayudado a don Ángel en la misa y que por cierto, mucho había tocado la campanilla durante la ceremonia. Subió por una escalera pegada a la pared del fondo, para llegar al tejado de la iglesia y acceder al campanario. Tocaba lento, muy despacio. Tocaba a difunto, por lo visto. A muerto. Me daba un poco de miedo. Bastante. Mas cuando pasé al lado de la sepultura que estaba abierta. Los operarios recogían las herramientas, picos y palas, dejando todo preparado donde iban a colocar al muerto -¿estaría muerto de todo?- por la tarde. No esperamos por los abuelos, que hablaban unos y otros con la gente del pueblo en el Sagrado.  Volverían a ocuparse  de sus cosas  y hasta es posible que del difunto
Antonio y yo salimos corriendo. Yo no sabía a dónde íbamos. Era igual. Era como si escapáramos. No de la iglesia. Del cementerio y de aquella sepultura.

lunes, 10 de octubre de 2016

LA SIRENA DE LA CARPINTERIA


Por Jose Manuel Fernández Sobrino

Poco a poco me fui haciendo con los caminos del pueblo. No tardé mucho. Había que ir con frecuencia a las casas de los tíos. La que más cerca estaba era la del tío Domingos, el cartero. Me gustaba más ir allí porque cabía la posibilidad de que me escribiera mi madre y, era verdad,  porque llegaba una carta de vez en cuando.
Pero también era bonito acudir a  la carpintería de mis tíos José y Valeriano, cerca de la iglesia. El primero tenía un hijo, Paco, que era  menor que yo, siempre tranquilo, era más niño que yo. Valeriano aún no se había casado. Aparte de verles trabajar la madera, nos ofrecían  una posibilidad muy curiosa: en uno de los locales de la casa que estaba al lado de la carpintería, tenían un aparato increíble al que llamaban torno. Tenía una gran rueda, unas poleas largas que se podían accionar y coger velocidad y se llamaba torno porque con él torneaban la madera para trabajos especiales.
Foto:Sara Singelmann
Pero había una característica especial que nos ilusionaba a los niños: hacía sonar una sirena.  Resulta que el tío Valeriano había traído de la mili un pequeño aparato que al aplicarlo a la larga polea que se movía a gran velocidad, emitía un sonido que a mí me resultaba familiar, porque era idéntico al que tenía en Orense la sirena de Fundiciones Malingre.
 Sólo que el sonido de la  orensana era mucho más fuerte. Sonaba a las nueve, que era cuando empezaban a trabajar los obreros y a la una, cuando salían. Lo mismo por la tarde, a las tres y a las siete. Si se escuchaba  a otra hora, era señal de peligro, de alarma,  que había un incendio o cualquier otra desgracia. Por lo que contaban, aparte de advertir a la ciudad de lo que pasaba, los bomberos, donde quiera que estuvieran –seguro que no tenían “dedicación exclusiva”-, tenían  que acudir rápido a la llamada, a su parque,  y salir disparados a apagar  el fuego. Como Orense era entones pequeño, la sirena de Malingre se oía en toda la ciudad.
Con la de Medeiros pasaba algo parecido, se oía en buena parte del pueblo, pero sólo convocaba a los críos que venían a escucharla de cerca y sin temor alguno. Las personas mayores no hacían caso. Ya sabían lo que era:
los tíos estaban mostrándola a alguien y era una especie de fiesta. Daba gusto escucharla.
Foto: Sara Singelmann