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viernes, 23 de diciembre de 2016

CAJAS DE RECUERDOS

Por Sara Martínez Fernández

   "Tenemos que hacer algo con los recuerdos, Manolo". Así sentenciaba una conversación con mi primo hace unos meses. De alguna manera, cumplir años hace que se atesoren "cajas de recuerdos". Esos que son de uno, con algunos lazos entre nosotros, pero siempre nuestros. Son el hilo conductor de lo que nos llevamos de las vivencias de cada día, las emociones que quedan para siempre en nuestro corazón. Benditos recuerdos.

   Así es como empezó Historias de Medeiros, para comenzar a recopilar pequeñas cajitas de los años pasados. Al abrirlas, de alguna manera, ayudas a abrir otras tantas, a mirar por unos minutos la vida que se nos quedó atrás. Es la historia pequeña. Esa que no se escribe en manuales, que no demuestra nada, pero que reconstruye algo muy importante como son nuestras raíces.

   Con tanto recordar, regresó  el olor a la casa de mis abuelos, la sensación nerviosa de cada verano para volver a la tierra de mis padres. El ansia en mis ojos por encontrar en las escaleras de piedra centenaria la figura de mi abuela, o volver a escuchar el paso seguro de mi abuelo cuando venía con el correo. Eran aquellos casi años 70, todas esas sensaciones que construyeron el cordón umbilical con aquella tierra que no me vió nacer, pero que abrió mis ojos a una realidad familiar, a la realidad de los míos.

   Nunca pude disfrutar de una navidad en Medeiros. En aquellos tiempos, el emigrar significaba cortar una parte del camino de regreso. Viajar era costoso y las obligaciones eran muchas. Pero en mi casa todos, mis padres, mis hermanos y yo, sabíamos que cuando llegaba el "envío de los abuelos"  con patatas y castañas, estábamos a una vuelta de encontrarnos con la navidad. Sin teléfono en Medeiros, las cartas eran el mejor vehículo de la historia espistolar de las famílias. Me acuerdo que me contaba mi abuelo Domingos, el carteiro vello da montaña, que muchas veces llegaba más tarde de repartir el correo porque, además de entregar las cartas, le pedían "as máis velliñas que quedaban soas nas súas casas, que lles lese as novas que lles contaban os seus fillos".
Foto: Saramarfer

   Con todos los recuerdos bien nutridos del verano anterior, cada diciembre me ponía a buscar una hermosa felicitación de navidad para mis abuelos. Todo un ritual para romper la barrera del espacio y del tiempo y besar a los que teníamos en Medeiros. Además de ellos, aparecían las imágenes de todos mis tios. Mi tío Pepe, el carteiro novo, el único hermano de mi madre. O los hermanos de mi padre, mi tío Antonio y mi tía Luisa, que estarian por nuestra querida aldea; y mi tía Mercedes que, como mi padre, estaría celebrándola lejos de allí.

   Siempre recordaré unas postales de navidad, adornadas con purpurina, que llevaban un mini calendario del año siguiente. Siempre intentaba comprar ese modelo.A mi abuela Estrella le encantaba. Y así me la encontraba todos los veranos posteriores, colgada del marco de la puerta con un clavito al lado de una foto mía. Le encantaba esa felicitación, "que xeitosiña é a postal, Sariña". Bendita abuela.

   Y así llegaba la  navidad.  Para recordar, para sentarse en la mesa y contar alguna que otra historia de la niñez en Medeiros, de acortar la falta de contacto físico y  ver como se estrallaban, desde el recuerdo, las lágrimas de la ausencia contra los ojos brillantes de mis padres. Una emoción que se ahogaba con un brindis final por los que no estaban, y que el tintineo de las copas  llegara a todos ellos para  que sintieran que los teníamos de invitados en la reunión familiar. Bendita familia.

   Cuando ya estaba mi abuela Estrella enferma, muchos años después, la vida me regaló una navidad con ella en Medeiros. Y así llegué un 24 diciembre. Allí estaban mis padres cuidándola, y decidí hacer, ya de mayor, lo que no pude hacer antes. Una navidad en Medeiros, en la casa de mis abuelos.
Lo había imaginado tantas veces... El olor a leña, el frío en las manos que se dejaban calentar en la cocina de hierro, la vieja radio de mi abuelo amenizando, ya en su ausencia, el ir y venir de sus habitantes. La sensación de humedad en las sábanas blancas por el frío exterior. Y un "niño Jesús" de cerámica que adornaba la celebración en el hogar. No hubo ni grandes celebraciones ni comidas copiosas; la abuela estaba malita. Pero dejaron tantas sensaciones para seguir recogiendo mis propios recuerdos.
Foto: Saramarfer
    Una vez más, escuchaba a mis mayores como se hacían pequeños para contar sus propias vivencias, tan diversas y diferentes. Pero me di cuenta que, nuevamente, se repetía una situación. Los ojos vidriosos que  recorrían el pasado de cada uno. Sentada en la cama de mi abuela le felicité la navidad. Ya no había felicitación escrita. Hacía muchos años que esos pequeños calendarios de navidad ya no se encontraban, pero el último de 1978 todavía seguía colgado en su clavito. Con su mano en la mía ya no hacía falta calendario. Entre ellas quedaria para siempre paralizado el tiempo,  como una hermosa trampa por la que siempre tuve la necesidad de volver. Bendita navidad.


    Así queda abierta otra caja de añoranzas, de ausencias que siempre resurgen. Medeiros es familia y recuerdos. Medeiros es infancia y raíces. Medeiros es Navidad mirando al cielo.

Bo Nadal a todos vós e que os recordos de cada un, sigannos acompañando.
Foto:Saramarfer

miércoles, 19 de octubre de 2016

SIN RELOJ NI CALENDARIO


Por Xose Manuel Fernández Sobrino

No se que le pasaba a la abuela que siempre, a nuestra vuelta del monte,  decía que habíamos dejado pastar menos tiempo del necesario a las cabras. Y que iban a dar poca leche. Y que eso no podía ser. Ya las habíamos metido en la cuadra para que descansaran. Y nos lo reprochó al vernos en el corredor.
Fue entonces cuando apareció el abuelo con su andar tranquilo y dispuesto, como siempre, a poner paz; A tranquilizar a la abuela y mirarnos con buena cara a nosotros. Mientras Antonio y yo nos sentábamos en un banco que allí había, dispuestos a descansar y esperar la comida, el abuelo quiso aportar una prueba concluyente de que nuestra jornada de pastores había durado el tiempo necesario. A justificarnos ante la abuela.
Iba a hablar de tiempo. De horario. En un caso así debiera echar mano de aquellos relojes de bolsillo que las personas mayores de Ourense  llevaban en los chalecos, sujetos con unas cadenillas que iban hasta uno de los ojales de éstos. Pero no.
No sé si el abuelo tenía reloj porque nunca lo llevaba. Echó mano de otro medio que a mí me resultó  sorprendente: se asomó lo más posible sobre el patio, sacando bien la cabeza y miró al cielo.
Y dijo algo así como “Rosa, está ben, xa pasan das doce”. Me quedé sorprendido. Enseguida se dio cuenta Antonio y me aclaró “mira para o sol, si está no medio do ceo, son as doce, e asegún sea, antes ou despois, inda é mañá ou xa é a tarde”. Claro que el abuelo no concretó. Y debió de añadir, por lo menos, pensé yo, que ya era hora de comer. A juzgar por lo que, a la hora que fuere,  ya notaba en mi barriga.
Archivo familiar Chamborro Dapía
Si en Medeiros no se veía reloj alguno, otra cosa que me llamaba la atención era la ausencia de calendarios. En mi casa de Ourense, mi madre tenía siempre uno en la cocina que era difícil enterarse qué anunciaba, y sólo se veía un paisaje de mar, con barco y todo a lo lejos, y debajo las hojas de los meses, que cuidadosamente mi madre arrancaba para comprobar en qué caían determinados días que estaban por llegar. Para saber en qué dia estábamos, había otro calendario, un “taco” del Sagrado Corazón con 365 hojas pegadas, que también con tacto arrancaba cada dia y que aclaraba de manera tajante el día de la fecha. Ese taco era al que tapaba la publicidad y no se veía bien el anuncio del dichoso calendario.
Dicho esto, en Medeiros apenas preocupaba en qué dia de la semana estábamos. Ni a mí, que desde que llegué al pueblo, había perdido la cuenta. Todos los días eran iguales.
Pero aquella tarde fue diferente, ya que a última hora, de pronto, empezaron a  escucharse el repicar de las campanas.
Aquel repiqueteo revolucionó el patio de casa, en el que estábamos varios críos.  Gente menuda del pueblo que vivían cerca de la casa. Yo quedé escuchando muy atento  y lo asocié con una señal de alarma el oir las campanas de la iglesia a aquellas horas. Pero ví que algunos colegas saltaban alegres y contentos, gritando “mañá é domingo, mañá é domingo”. El abuelo, que nos observaba desde lo alto, en el corredor y  como siempre, cigarro en boca medio caído, comentó “tocan a Santo, seica hoxe é sábado, mañá domingo, mañá hay que ir a misa”. Original manera de recordárselo a los vecinos, no se les fuera a pasar por alto.
Aparte de ir a  Misa con los abuelos, las cabras comían hierba que había recogida en casa, o sea que no había que llevarlas al monte, pero nada más. Nos levantábamos más tarde, íbamos a misa y, después de comer, era como los demás días. A correr de un lado a otro por todo Medeiros.

viernes, 7 de octubre de 2016

AL MONTE CON LAS CABRAS

Por Jose Manuel Fernández Sobrino

En mi casa en Ourense, siempre tomamos leche de vaca. Todas las mañanas venía la lechera desde Castro de Beiro, entraba hasta la cocina y nos la dejaba. Había que hervirla. Si se cortaba –es decir, se estropeaba- mi madre se enfadaba, pero yo me alegraba. Porque mi madre aprovechaba aquella leche cortada para hacer requesón. Que estaba riquísimo.

Foto: Saramarfer
En Medeiros, para empezar, no llegué a saber que hubiera una sola vaca en el pueblo. Solo bueyes, que los empleaban para tirar de los carros. Sin leche de vaca, la había de cabra. Muchas cabras. No sé como solucionaban el problema en el invierno, cuando los niños iban a la escuela. Pero en el verano, todas las mañanas al salir el sol, los chavales llevaban a pastar al monte las dichosas cabras. Las de casa y las de algún vecino.
En mi caso, la leche de cabra no me gustaba al principio. Pero pronto me acostumbré. Desde mi llegada a la aldea, mi primo Antonio que vivía con los abuelos, me contaba maravillas sobre lo bien que lo íbamos a pasar por la mañana en el monte. Lo malo fue que la abuela consideró que aquella labor era adecuada para los niños del pueblo, pero no para un niño de la capital. Debía quedarme en la cama, nada de madrugar, y desde luego, nada tampoco de ir al monte.
Antonio lo lamentó y yo lloré. Quería ir con los demás niños. Tanto, que el abuelo se compadeció de mí y dijo “Rosa, este neno ten que ir o monte cos outros, non ves como chora”. El prolongado limpiar de lágrimas que brotaban en silencio, obtuvo el fruto deseado.  Mucho más, cuando, por lo visto, bastante antes de la hora prevista para la vuelta al patio, ya estaba Antonio, mi primo, con la docena de cabras, propias y de los parientes. La abuela se enfadó horrores con el chaval “¿Cómo viñeches tan pronto? Pois sí que comeron hoxe os animais”. Y el abuelo puso paz. “Ti vés, Rosa, o Antonio bota de menos o Manolito, por iso volveo antes ¡teñen que ir xuntos o monte cas cabras!”
El segundo despertar ya fue más alegre. “O romper o día” como decía el abuelo, Medeiros se ponía en marcha.  Gente joven con cabras. Bajaban los carros de bueyes “de cara o monte” por el camino al lado de casa, dando golpes con las ruedas de madera, protegidas con aros de hierro, mientras,  sobre el fuerte golpeteo, se oía la voz del carretero con sonidos que sólo comprendían los animales y debía de ser cierto porque parecían obedecer. O seguían a su aire...
Pero ya ante,s otras señales del nuevo día, llegaban a nuestra vivienda. Las gallinas salían  “do puleiro”, parecían pasear por el patio tan felices, que eso no les llegaba y se encaminaban escalera arriba por los peldaños de piedras que iban hasta el corredor y entraban hacia “a lareira”, a ver si había algo por allí aprovechable para desayunar. Porque en las casas de Medeiros no se usaban llaves. Y  la puerta que daba al corredor, en  verano, quedaba siempre abierta, día y noche.
El “croc,croc, croc” de las aves era el primer aviso de que había que levantarse. Se paseaban a sus anchas por toda la casa. Saltábamos de la cama. Ya la abuela tenía la leche caliente. Le echaba café. Para ella, para Antonio y para mí. Para el abuelo, no. Su gran taza la llenaba de café negro, le echaba un chorrito de aguardiente y se lo tomaba como si nada. Bien es verdad que después sacaba su librito de papel de fumar, la petaca con tabaco , liaba un cigarro, sacaba el mechero de cuerda ya con el pitillo en la boca, prendía fuego en la mecha “chiscando” el mechero, lo aplicaba al cigarro y enseguida, soltaba humo…Me quedaba mirando para él como maniobraba, se daba cuenta y me comentaba “a min o tabaco non me fai mal, porque eu nunca trago o fume, colloó na boca o chuspo para fora… ¡a min non me amola o tabaco!”.
Aquel segundo día en Medeiros, primero en el que partía al monte, hizo que desayunáramos con más apetito y rapidez. El abuelo echó mano de una gran hogaza de pan centeno, cortó dos buenos trozos que nos dió a Antonio y a mí, tomamos el café con leche de cabra sin rechistar y salimos corriendo escalera abajo.
Tanta prisa, espantaba a las gallinas que estaban dentro de casa- que corrían sorprendidas-  y las que subían escalera arriba. Alguna cedió el paso volando desde la mitad de la subida al patio.
 Por fin, Manolito podía salir al monte con las cabras.

miércoles, 5 de octubre de 2016

BAÑARSE EN PRESELA





Foto: Saramarfer
Por Jose Manuel Fernández Sobrino

Cuando tuve uso de razón me dejaron claro que para bañarse en el Miño tenían que haber transcurrido dos horas desde el final de la comida. Y es que "podía cortarse la digestión y te morías". Supe que eso era en Orense, en el Puente.
En Medeiros, no. Porque en Medeiros, aún no habíamos terminado de comer,  y ya se oía en el patio de la casa de los abuelos la llegada de críos de las viejísimas casas próximas.

 Era la señal inequívoca que empezaba a "xornada de tarde". Con mis padres, había llegado el momento de dormir la siesta. Con los abuelos, no. Había que bajar las escaleras de piedra al final del corredor y unirse al grupo. Por cierto, me sorprendieron, desde el primer día, aquellos niños más pequeños de los años cuarenta que "lucían" unos pantalones con una abertura por la que se asomaba abiertamente el aparato urinario. Era el sistema más cómodo y seguro de sus madres para que cuando llegara la hora de "mear" lo hicieran de manera cómoda, limpia, segura y automática.

 Pero aquella tarde, iba a quedar claro que lo de las dos horas transcurridas desde la comida al baño no era tal. Porque el personal menudo, estimó oportuno que había llegado el momento de ir al "regato de Presela" que estaba así como a un kilometro de casa, camino abajo. Me daba vueltas en la cabeza la idea de respetar el plazo. Pero vi que nada mas llegar, todos los colegas se liberaron de la poca ropa que llevaban y "en pelota viva" se lanzaban al agua.

 No tarde en sumarme a la sesión. En el fondo estaba esperando notar algún síntoma de lo improcedente de la decisión. Pero no. Hacía un calor bárbaro, sudaba, y el frescor de aquella  agua tan clara, lejos de hacer daño,  producía una enorme sensación placentera. Estuve un buen rato dando brincos, chapuzando, salpicando, hasta que me pareció prudente salir,..

 Conclusión. Eso de las dos horas era cuento chino. "Bañarse de sesta" como decía mi primo Antonio “moi ben senta”. Muchas veces lo hicimos aquel verano., Y no solo en Presela. En Souto bahia, en la Presa de la Luz...Medeiros era diferente.

lunes, 3 de octubre de 2016

EL VALLE DE MONTERREI






Por Jose Manuel Fernández Sobrino

Foto: Saramarfer





Han pasado nada menos que 72 años. Es decir, era 1944.  En Ourense, en la zona de Puente Canedo, mi hermano, dos años menor que yo, había contraído una enfermedad que recomendaba separarnos. Me enviaron a casa de los abuelos de Medeiros. Había que ir en coche de linea hasta Albarellos y allí vendría mi abuelo "O Fiscal" con dos burros. Nos recogía a mi tio Jacinto -que me acompañaba desde la capital- y a mí,  y subíamos con el abuelo al pueblo. Entre un par de maletas me subieron a "Ramón" un cariñoso animal con el que tan buenas migas haría. Había que ir hasta lo que quedaba del Balneario de Requeixo -que entonces era bastante- y allí arrancaba la "costa da Castiñeira" montaña arriba. Tenía ocho años y nunca olvidé la impresión extraordinaria, en impacto, que me causó aquel paisaje desde lo alto,: todo el valle de Monterrey con el castillo al fondo. Os aseguro que aquella vista me acompañó a lo largo de mi vida.
Seguimos camino y aún me quedaba por ver algo más. Al llegar a "As Lamarellas", mientras mi abuelo me explicaba que aquella gran viña que allí había era de la familia. Tuvo que guardar silencio un momento: y es que "Ramón" se puso a rebuznar con fuerza enorme ante mi sorpresa. Y el abuelo me explicó: "E que xa vé alá no fondo Medeiros, e avisa que xa estamos eiquí".
Supe después que Medeiros tenía alrededor de mil habitantes. Pero no había carretera ni luz eléctrica. Vamos, que sólo se accedía al pueblo a pie o en caballería – es decir, en burro- y por las noches se vivía a la luz del candil de petróleo. Y por supuesto, lloraba por las noches mirando al fuego de "a lareira" que iluminaba los rostros de los que estábamos sentados alrededor y mi abuela se colocaba a mi lado para consolarme, mientras yo le decía "no, abuela, no extraño, lloro por culpa del humo del fuego".

viernes, 30 de septiembre de 2016

LA LINTERNA ROJA




Foto: Saramarfer

Por Jose Manuel Fernandez Sobrino

Cuando en mi casa orensana mis padres decidieron enviarme una temporada para Medeiros, fue cuando me anticiparon  las diferencias que iba a encontrar. Me hablaron de la falta de carretera, allí no iba a encontrar coches. Pero también me advirtieron que en la casa de los abuelos no había luz eléctrica, por lo que no podría, por ejemplo, escuchar la radio. Y, más importante, que al hacerse de noche, todo funcionaba bajo la luz del candil.
En la tienda en la que trabajaban mis padres se vendía un líquido que llamado  gas. Era petróleo. Para comprarlo, llegaba la gente con una hoja con números que llamaban cupones. Que se recortaban y se les vendía por cada uno de esos números el dichoso gas, es decir, el petróleo. Años más tarde supe que el tal petróleo estaba racionado, es decir, no se podía comprar libremente, sino que cada familia tenía derecho a una cantidad determinada. Y se utilizaba para alumbrado.
Por supuesto, lo llevaban gentes de pueblos más o menos cercanos a Orense. En la tienda había un medidor conectado a un bidón de doscientos litros y se echaba en una botella que traían los clientes.
“Ahora vas a entender para que sirve el petróleo”, me dijeron. Era cuando llegara a Medeiros. El candil era un modesto, un pequeño aparato negro por efectos del humo con un depósito donde se vertía el líquido, y del que salía un pitorro con una mecha de tela impregnada. Se aplicaba una cerilla y lucía una pequeña llama que iluminaba. Era la luz nocturna.
Pero aparte del candil de petróleo había otros, como el de carburo. Como el que tenía en la tienda del tío Julio en Medeiros. Aquel iluminaba mucho más.
De todas formas, para que fuera más tranquilo, mi padre de dio una linterna roja que usaba él cuando iba de caza. Funcionaba con una pila. Una linterna “de petaca”, llamada así porque era aplastada y entraba cómodamente en el bolsillo de atrás del pantalón. Era-me dijo- “para cuando salgas de noche por los caminos, ya que tampoco hay luz en  fuera, no tropieces en las piedras del camino”.  Porque a todo esto hay que decir que los caminos-no había calles- de Medeiros estaban repletos de piedras mas o menos grandes para que no los dañasen los carros de bueyes.
Hubo una noche que Antonio y yo salimos después de cenar, porque había un grupo de titiriteros que actuaba en determinado local. Luego había baile. Para transitar por los caminos hacia el espectáculo nos vino extraordinariamente bien, estrené  la dichosa linterna. Cuando nos dimos cuenta, varios críos se habían unido a nosotros. Era la novedad.
La sesión de titiriteros fue más corta de lo previsto. Tres candiles de carburo iluminaban “la pista”. Habían colocado colgada de una viga una escalera de cuerdas que llevaba a un trapecio como los del circo, también colgado del techo. Afortunadamente no estaba muy alto, dadas las características del local. Y digo afortunadamente porque tras dos o tres piruetas en lo alto, la chavala de pantalones largos perdió el control, y vino a dar con sus pasaderas en el suelo. Afortunadamente también, aquel suelo tenía prevista la posibilidad de una caída y estaba acolchado con abundante  hierba.
La chiquilla lloraba como consecuencia del impacto y con tan motivo se suspendió la sesión. Pasamos directamente a la otra sesión, la del baile. Uno de los integrantes del grupo organizador echó mano de un acordeón y se puso a tocar. El personal, ellos y ellas, bailaban felizmente el “agarrado”.  Pero, de pronto, cosas del demonio, no se sabe cómo, se apagaron los tres candiles de carburo.  Todo quedó a oscuras. ¡Madre mía!.  En medio del alboroto, se escuchaban risas, carcajadas y especialmente gritos femeninos, que yo no sabía qué pasaba. Alguien gritó ¡pender a luz, prender a luz!.
Ante el desconcierto habido en el local, a mí se me ocurrió echar mano de la linterna roja e iluminar el recinto. ¡Madre mía!, dije ahora yo. Lo que allí se veía. ¡Apaga a luz, rapaz, ti que fas, estás tolo! Gritó desesperada una voz a mi lado y yo obedecí la orden con urgencia.
Cuando años más tarde, en Salesianos, y estudiando clases de Religión, hablaban del desenfreno  de Sodoma y Gomorra que era tal que originó el castigo divino, yo me imaginaba que debía de ser algo parecido a lo que vi aquella noche de títeres y baile en Medeiros…

domingo, 25 de septiembre de 2016

LA NOCHE




Foto:Saramarfer
Por Jose Manuel Fernández Sobrino

Podría decir que la noche era triste. Empezaba desde el momento en que, cansado  de correr de un lado a otro, yéndose cada crío para su casa, me sentaba con loa abuelos y mi primo Antonio ante el fuego, en la lareira. La abuela en un asiento, una pequeña banqueta muy cerca del fuego, para cocinar con más facilidad. 

Las comidas de mi abuela eran muy diferentes a las de mi madre. Yo era muy pequeño, pero me daba cuenta que no debía decir nada en contra de lo que preparaba porque no quería molestarla. Porque era muy buena y especialmente conmigo. Pero cuando le veía echar mano de una sartén, lo prefería, aunque friera sin aceite, y especialmente a base de grasa animal, tocino o no sabía bien qué. 

Luego nos sentábamos los cuatro en torno a una pequeña mesa.  Aquellas patatas fritas en huevo batido era como una tortilla sin haberle dado vueltas. Estaba muy bueno, nos gustaba mucho a mi primo y a mí. Antonio comía más, lo hacía más de prisa. “Quieto Antonio” soltaba de vez en cuando el abuelo para frenar la velocidad con qué mi primo pinchaba y llevaba a la boca. Porque no teníamos plato, todos cogíamos de la fuente que estaba en medio.

La luz del candil de petróleo que también estaba sobre la mesa volvía a iluminar los rostros de los cuatro, como pasaba en “a lareira”. La nariz del abuelo, que ya de por sí era grande, aún destacaba más. Me acordaba de aquel dia que vino a vernos a Orense y que mi padre había subido una botella del licor café que acababa de fabricar para vender en la tienda y mi madre había puesto unas copas especiales, un poco grandes, pero con la boca estrecha y que con eso nos reímos bastante: porque a pesar de echar el abuelo la cabeza hacia atrás para poder beber, aquella estrecha boca lo dificultaba por el obstáculo que le imponía la nariz.

Luego, después de la cena, nos sentábamos en el corredor. Era noche cerrada. No hacía frío. Cielo estrellado. La luna. Aquel paisaje nocturno era especialmente bonito. A lo lejos, muy a lo lejos, unas montañas que yo suponía eran de Verín. De vez en cuando se intuían las luces de algún coche. Pensaba yo en un coche de línea que fuera camino de Orense. 

Estaba feliz en Medeiros. Pero mejor, mucho mejor durante el dia. Al llegar la noche recordaba mi casa, mis padre, mi hermano. Me ponía triste. Pero tenía que pensar en otra cosa. Porque enseguida la abuela se da cuenta, se sentaba a mi lado. No decía nada. Pero me rodeaba con un brazo y me acercaba, me apretaba contra ella. No hacía falta más.